Los bancos de alimentos tienen un objetivo digno de admiración: mitigar el hambre o una alimentación deficiente. Sin embargo, además de tal beneficio, este esfuerzo por redistribuir toneladas de alimentos tiene también un gran efecto ambiental, al prevenir la emisión de gases de efecto invernadero adicionales.

Un rápido repaso sobre los banco de alimentos: se trata de instituciones que se propusieron evitar el desperdicio inevitable que sucede en cadenas de autoservicio, restaurantes y hoteles, entre otras entidades que manejan muchas toneladas de alimentos. Ha sido siempre un hecho que el aprovisionamiento no es perfecto, así que diariamente quedaban en estos lugares toneladas de productos no consumidos o comprados.

Así que básicamente lo que hacen es recaudar todos esos alimentos a punto de ser desechados, verificar que estén en buen estado, y luego repartirlos a personas de escasos recursos a través de comedores comunitarios o centros de distribución, ya sea de forma gratuita o cobrando alguna cuota simbólica.

Los bancos de alimentos son relativamente recientes, hasta antes de entonces había esfuerzos informales por parte de iglesias o iniciativas individuales. La primera institución que se enfocó en recaudar los sobrantes de los supermercados nació en 1967, el St. Mary’s Food Bank en Phoenix, Arizona, Estados Unidos. Claro, esto coincide con la consolidación de las grandes cadenas de autoservicio por aquel entonces. Su autor, John van Hengel, ideo el sistema que permitía rescatar cargamentos que de otra manera serían enviados al basurero.

Con los años se formó The Global FoodBanking Network, que opera en 44 países. La red distribuyó 651,000 toneladas de alimentos en 2022, con la ayuda de 406,000 voluntarios, beneficiando a 32 millones de personas.

La idea tardó en llegar a México, hasta los 80, pero ya en 1995 se creó BAMX, una red de 58 bancos, que opera con más de 6,000 voluntarios. Esta red beneficia a más de 2.5 millones de mexicanos en pobreza alimentaria.

Ahora bien, alimentar personas tiene además un beneficio para el medio ambiente. Ello porque gran parte de los alimentos orgánicos desperdiciados terminaría en el relleno sanitario haciendo lo mismo que toda la comida echándose a perder: generar gases de efecto invernadero, entre ellos el metano, que es uno de esos grandes calentadores para la temperatura global de la tierra.

Así que The Global FoodBanking Network hizo unos cálculos y encontró que había sacado del relleno sanitario en 2022 unos 1,500 millones de kilogramos de CO2 equivalente. También ha comenzado a asegurarse de que la mayor parte de la comida recaudada provenga de fuentes locales, para minimizar las emisiones por transporte y distribución.

Está claro que los bancos ayudan a combatir el cambio climático, pero hay que reflexionar sobre un punto importante en este circuito de reúso de los alimentos. El trabajo de los bancos de alimentos hace evidente que uno de los principales problemas en el manejo de alimentos, residuos y otros bienes no es la producción, sino la distribución.

El hecho de que este trabajo requiera de 400,000 voluntarios en el mundo no es causalidad. Recaudar, transportar y distribuir cualquier cosa tiene costos, y éstos pueden ser enormes cuando se manejan grandes volúmenes. Dichos costos no se pueden dejar de lado, y requieren ser asumidos (pagados), o bien construir redes gratuitas o ser subsidiados por gobiernos o instituciones multilaterales. 

Tal es el caso del reciclado de plásticos y otros materiales. Tal vez el caso de los Bancos de Alimentos pueda darnos algunas buenas ideas para diseñar esquemas que permitan recopilar y seleccionar residuos de formas creativas, que permitan enfrentar el problema del costo. Porque, eso sí, el reciclado de plásticos a gran escala, una verdadera economía circular, sería más que positivo para el medio ambiente. 

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