De diversas formas, los gobiernos locales en México están procurando motivar y educar a
la población para que separe sus residuos. En la CDMX, el panorama va acercándose al
término “obligar”, por lo menos en el papel. Hay una Ley de Residuos Sólidos desde 2003,
hay un Programa Basura Cero desde 2020, que ahora se busca reforzar. Estas dos
regulaciones, por cierto son sólo para Ciudad de México, lo cual es también símbolo de lo
complicado que el panorama regulatorio puede llegar a ser.
Sin saber aún qué efecto está teniendo el programa capitalino en 2026, recabamos tres
anécdotas sobre cómo algunas familias mexicanas están adoptando la economía circular.
“A jalones y empujones” o con cierta convicción, la economía circular está comenzando a
implantarse entre los mexicanos.
Para evitar conflictos vecinales
Los Hernández viven en un departamento en la colonia Narvarte, en la CDMX: Ellos dicen
que empezaron con la separación apenas este año, para evitar problemas en el
condominio.
En un edificio de seis pisos, la familia vivía el clásico escenario chilango de disposición de
residuos: una bolsa negra gigante para todo, excepto algunas envolturas demasiado
grandes. La “basura” se mezclaba, a veces por días, hasta que coincidían con el camión
de la basura. A veces el pollo comenzaba a echarse a perder, lo que hacía imperativo
tirarla.
El PET comenzó a dejarse fuera de la gran bolsa cuando los niños comenzaron a
recopilar envases como parte de los programas escolares, para ganarse un día libre. Hoy
no es raro que se los den ya separados al camión de la basura. ¿Lavados? Para nada.
El cambio este año no empezó con una epifanía ecológica, sino con algo más cotidiano:
un conflicto vecinal. Un día, el encargado del edificio pegó un aviso en el elevador: “Si
llega la basura mezclada, el camión no la sube”. No era amenaza moral; era logística. En
la Ciudad de México, el programa Basura Cero empuja a que la recolección ocurra
siempre y cuando los residuos vayan separados (orgánicos, inorgánicos reciclables e
inorgánicos no reciclables).
En este pequeño edificio no hay contenedores rojo, gris y naranja como marca la ley.
Cada quién baja sus bolsas y las amontona en tres diferentes montones. La separación
es, cuando menos sospechosa: hay un vecino que deposita bolsas gigantes de residuos
“orgánicos”, que normalmente son los de menor volumen.
No hay un consenso sobre qué es reciclable y qué no y alguien dice que la madera y el
papel son al fin orgánicos o que el papel de baño también es compostable. Alguien bajó
un par de imágenes de internet y las pegó en el depósito del edificio.
Los tripulantes del camión han dejado de ponerse tan selectivos, especialmente en este
edificio, que les da un propinita aparte. Sin embargo, ahora se separa con más interés el
PET, el cartón, el vidrio y el aluminio. Quien tiene tiempo de llevarlos al depósito se lleva
un dinerito. Eso sí, apenas se enteraron de que los residuos electrónicos deben tener un tratamiento distinto, y todo mundo en la CDMX sabe que “se compran, colchones,
tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras microondas…”
Por un bote vacío
Los Ruiz viven en Aguascalientes. Hace tiempo que separan sus residuos, porque el
servicio de limpia a veces se tarda días en llegar y el gran bote de basura de la casa
comenzaba a rebosar rápidamente. Así que comenzaron a hacerse la costumbre de llevar
su papel, cartón, vidrio y PET a reciclar a centros de acopio, que los hay en buen número
en la ciudad.
Como en muchas ciudades, la gestión municipal no es suficiente: poco más de 20% de
los residuos que generamos en México nunca llega a sitios de depósito o de reciclado;
simplemente se queda en el ambiente. Así que mucho depende de la iniciativa de cada
hogar.
Pero han recibido más información, la planta donde trabaja el padre de familia comenzó
un programa para difundir la cultura del reciclaje entre el personal. Es parte de sus metas
ESG, sólo que aquí los residuos se separan en más colores: hay verde, gris, rojo, azul y
naranja. En casa separan las cosas en bultos y pare de sufrir. También de la planta obtuvo
la información de que a los envases de plástico hay que limpiarlos, y que la contaminación
con comida vuelve inservibles los materiales.
No conocen a nadie que haga composta, por lo que los residuos orgánicos se los dejan al
municipio. Consideran que ya es demasiado.
Por no desperdiciar
Los Sánchez viven en un pueblo cerca de la ciudad de Oaxaca. Tienen un solar de buen
tamaño, donde amontonan cartón, frascos de vidrio, aluminio, metales diversos, aparatos
eléctricos y electrodomésticos, envases de PET y tapas de otros plásticos. Últimamente
encontraron quién les compra unicel.
Aquí, más que en economía circular se piensa en que estos productos todavía sirven. Las
bolsas de plástico se usan una y otra y otra vez, mientras que los envases de crema y
margarina toman la función de Tupperware o de contenedores de tornillos, tuercas,
bisagras, clavos y otras cosas que también sirven.
Lo que pueden, se lo llevan a vender a los centros de acopio. Cuidan especialmente el
cartón y el papel, porque ya no se los admiten mojados, y hoy revisan cuidadosamente
cada paca, porque el agua aumenta el peso, y esto se paga por kilo. En cambio, los
envases de plástico aguantan algunas lluvias, que de paso los limpian. Aquí el agua es
escasa, y no se va a usar para limpiar recipientes. Es más, aquí se usan a menudo platos
desechables, porque lavar loza requiere demasiada agua limpia.
En compensación, los desechos orgánicos provenientes de frutas y verduras se usan para
alimentar animales, y cerca hay una granja donde hacen composta con todo lo demás.
Ahí no pagan nada, pero de cuando en cuando les regalan una bolsa de elotes y alguna
de fruta.
Esta familia aprovecha hasta el último uso posible de los materiales, e incluso su ropa se
destina a jergas y trapos cuando ya no puede más.
La economía circular se vive de forma diferente en ciudades y regiones de México, y falta
mucho para convertirla en parte de la cultura. Quizá el último ejemplo, el de Oaxaca,
suene más cercano a las familias mexicanas, aunque en este caso no se trate de salvar al
planeta, sino a ellas mismas.
