Ese lema, que en México rescató un famoso locutor de los años 80 (ahora comentarista político en la radio), se originó durante las revueltas estudiantiles de mayo de 1968 en Paris. “Il est interdit d’interdire”, era la consigna en contra de la sociedad conservadora. Esta aplica muy bien para la economía circular.
Todo lo que podemos perdernos en innovación por el afán de prohibir es una pregunta que rara vez se plantea en el debate ambiental. Con frecuencia, la discusión pública se concentra en la urgencia de reducir residuos y eliminar materiales considerados problemáticos, pero pocas veces se reflexiona sobre el costo tecnológico, económico y social de cerrar la puerta a soluciones que aún están en desarrollo.
La historia reciente del reciclaje demuestra que muchas de las innovaciones más importantes surgieron precisamente cuando existía la posibilidad de recuperar un material, no cuando se decidió prohibirlo. La diferencia entre regular para mejorar y prohibir para simplificar puede determinar si una industria evoluciona o desaparece antes de encontrar alternativas más sostenibles.
La economía circular se basa en la idea de que los materiales deben permanecer en uso el mayor tiempo posible, y que los residuos pueden convertirse nuevamente en recursos si existen los incentivos adecuados. Bajo esta lógica, prohibir productos no resuelve el problema ambiental, porque elimina también el interés por invertir en tecnologías que permitan reciclarlos.
Cuando un material pierde su mercado, desaparece el incentivo para recolectarlo, procesarlo y transformarlo. Esto ha ocurrido en diversas partes del mundo con algunos plásticos, y el caso del poliestireno expandido, el unicel, ilustra con claridad cómo el impulso prohibicionista puede frenar avances que apenas comienzan a consolidarse.
Durante algún tiempo se pensó que el unicel era prácticamente imposible de reciclar. Su baja densidad, su gran volumen y la dificultad para transportarlo hicieron que se considerara un residuo sin valor. Esta percepción llevó a que en distintas ciudades se promovieran prohibiciones, bajo el argumento de que no existía tecnología suficiente para recuperarlo.
Sin embargo, en la última década han surgido procesos industriales que demuestran que el problema no era el material, sino la falta de infraestructura y de incentivos para desarrollar soluciones. Hoy existen métodos capaces de reciclar el poliestireno de manera eficiente, siempre que haya certeza de que seguirá formando parte de la cadena productiva.
Una de las innovaciones más relevantes es la tecnología de densificación del poliestireno expandido. El unicel está compuesto en gran medida por aire, lo que provoca que ocupe mucho espacio y que su transporte resulte costoso. Las máquinas densificadoras comprimen el material hasta reducir su volumen en más de noventa por ciento, transformándolo en bloques compactos que pueden trasladarse fácilmente a centros de reciclaje. Una vez densificado, el poliestireno se tritura y se convierte en pellets que sirven como materia prima para fabricar nuevos productos, como molduras, perfiles, aislantes o incluso nuevos envases. Este avance ha cambiado la viabilidad económica del reciclaje de unicel, permitiendo que ciudades que antes no podían procesarlo comiencen a incorporarlo en esquemas de economía circular.
Pero además hay tecnologías interesantes que están a la vuelta de la esquina. Está el reciclaje químico. A diferencia del reciclaje mecánico tradicional, que funde el plástico para volver a moldearlo, el reciclaje químico rompe las cadenas del polímero hasta obtener nuevamente el monómero original, el estireno. Este proceso permite producir plástico con calidad equivalente al material virgen, lo que hace posible reciclarlo repetidamente sin pérdida de propiedades.
En los últimos años se han instalado plantas piloto en América del Norte, Europa y Asia que utilizan este método, y varias empresas están invirtiendo en su escalamiento industrial. Este tipo de innovación solo es viable cuando existe la expectativa de que el material seguirá utilizándose y que habrá demanda para el producto reciclado.
Otra técnica para el futuro es el reciclaje por solventes, un proceso que permite recuperar el poliestireno incluso cuando está contaminado con restos de comida, etiquetas u otros materiales. En este método, el plástico se disuelve en un solvente específico que separa las impurezas sin degradar el polímero. Posteriormente, el material se purifica y se vuelve a solidificar, obteniendo una resina que puede emplearse nuevamente en procesos industriales. Esta tecnología resulta especialmente prometedora, y su desarrollo está avanzando conforme aumenta la presión para incorporar contenido reciclado en la fabricación de envases y artículos de consumo.
La innovación requiere tiempo, inversión y certidumbre. Cuando las reglas cambian para eliminar un material en lugar de mejorar su manejo, se interrumpe el proceso de aprendizaje tecnológico y se desalienta la creación de infraestructura. En muchos casos, la prohibición sustituye un problema por otro, porque los materiales alternativos también tienen impactos ambientales y pueden carecer de sistemas de recuperación adecuados.
La experiencia internacional indica que los mayores avances en reciclaje se han logrado en países que han optado por fortalecer la economía circular en lugar de recurrir a prohibiciones generalizadas. Las políticas que promueven la responsabilidad compartida, el desarrollo de mercados para materiales reciclados y la inversión en nuevas tecnologías han demostrado ser más eficaces que las medidas que simplemente eliminan productos del mercado.
Antes de prohibir, conviene preguntarse qué innovaciones podrían perderse. De paso, hoy que el Plan México busca que crezca la inversión, sólo hay que imaginar el gran potencial que tendría abrazar las nuevas tecnologías de reciclaje. La economía circular no se construye cerrando opciones, sino creando las condiciones para que los materiales vuelvan a tener valor.
