¿A quién no le gusta la Inteligencia Artificial (IA)? No sé si estamos ya en el punto de decidir si queremos un mundo con más de ella. Creo que echamos a andar una avalancha que ya no vamos a poder detener. 

¿Pero de qué hablo? Si a todos nos encanta componer canciones con un prompt, resumir lo más importante de una ley, redactar un curriculum supercompetitivo o generar fotos de un gato astronauta en alta definición.

Sin embargo, hay cada vez más noticias sobre cómo este servicio tiene un costo ambiental, y uno bastante alto. La IA no está “en la nube”, es más “la nube” no existe en realidad: está hecha de concreto, utiliza toneladas de cobre, racks gigantescos de tarjetas gráficas rugiendo a todo lo que dan, muchos litros de agua para enfriarlos y, para sorpresa de muchos, el inconfundible y tradicional olor a diésel quemado.

La nube necesita un enchufe (y uno gigantesco)

Para entender por qué la IA tiene un problema ambiental fuerte, hay que examinar de qué está hecha. Entrenar y procesar datos con modelos del tamaño de ChatGPT o sus primos hermanos requiere miles de GPUs trabajando en paralelo. Estos chips son devoradores insaciables de electricidad. Un centro de datos diseñado para Inteligencia Artificial puede consumir hasta diez veces más energía por metro cuadrado que un centro de cómputo tradicional.

¿Y de dónde sale toda esa energía? Ahí está el detalle. Mientras las tecnológicas presumen sus impecables reportes de sustentabilidad y sus oficinas corporativas con jardines verticales, la red eléctrica real —esa que sostiene las ciudades— no puede abastecer semejante demanda de energía únicamente con paneles solares y molinos de viento. Por lo menos no hasta ahora.

Para mantener la IA funcionando las 24 horas del día sin interrupciones, muchas regiones han tenido que retrasar el retiro de viejas plantas eléctricas alimentadas por gas o carbón. Al quemar estos combustibles, las chimeneas liberan no sólo el conocido dióxido de carbono, sino otras cosillas como el dióxido de azufre (SO2) y los óxidos de nitrógeno (NO). Estos gases, al mezclarse con la luz del sol y la humedad del ambiente, sufren una metamorfosis química y se convierten en partículas suspendidas, de las más pequeñas y dañinas para el cuerpo (PM2.5), porque llegan hasta los alvéolos y la sangre.

El rugido de los gigantes

Supongamos que el centro de datos funciona con energía 100% renovable, por qué no. Sin embargo, no es suficiente. En el mundo digital existe un mandamiento sagrado: “el servicio jamás se puede caer”. Si la red eléctrica parpadea aunque sea un segundo, millones de transacciones se congelan, las videollamadas se interrumpen y los algoritmos colapsan. Para evitar esta catástrofe, cada gran centro de datos cuenta con una póliza de seguro física: generadores diésel de respaldo, del tamaño de un autobús cada uno.

Aquí viene lo mejor: aunque la red eléctrica funcione perfectamente la mayor parte del tiempo, las normas de seguridad obligan a las empresas a encender estos motores de diésel periódicamente para hacer pruebas de mantenimiento. Una o dos veces al mes, los generadores se encienden en frío, sólo para comprobar que funcionan, soltando en el proceso bocanadas de hollín puro (black carbon) e inundando el vecindario con partículas ultrafinas. No creo que huela al Cetram de Tacubaya, pero sí tiene efecto.

Si vives cerca de uno de estos polos de innovación tecnológica, tu teléfono tal vez navegue a hipervelocidad, pero el aire de tu calle tal vez estará registrando picos de contaminación dignos de una zona industrial pesada.

Del pixel al pulmón: La factura oculta

Nadie está sugiriendo que tiremos la computadora por la ventana ni que volvamos a usar la máquina de escribir. La IA es una herramienta fascinante que está revolucionando la medicina, la ciencia y la industria. Sin embargo, nos encanta caer en el espejismo de que lo digital es “inmaterial”.

Nos hemos vuelto expertos en medir la huella de carbono de los vuelos en avión o los empaques de plástico, pero pocas veces nos detenemos a pensar que cada vez que le pedimos a una IA que nos imagine un unicornio en estilo impresionista, hay un motor diésel o una planta térmica ajustándose el cinturón para entregar esos pixeles a tiempo.

La próxima vez que le preguntes a un chatbot cuál es la mejor receta para preparar pasta, recuerda que la respuesta viaja a través de un ecosistema muy físico. Y tal vez, solo tal vez, la solución para tener ciudades con un aire más limpio no solo consista en verificar menos autos o regular a las fábricas, sino también en preguntarnos si realmente necesitábamos ese gato astronauta.

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