¿Hemos avanzado en esto de manejar nuestros residuos? Me refiero a como sociedad y en México. La respuesta es un sí contundente, de la tierra al cielo, si comparamos lo que hoy saben buena parte de nuestros Millennials y Generación Zeta con lo que conocíamos de desechos los más grandecitos de edad.
Quienes crecimos en los 70, 80 y teníamos un concepto muy claro y contundente: había cosas y había basura. Un envoltorio de papel para un chicle o un chocolate se convertía inmediatamente en basura mágicamente después de abrirse. Una paleta que se te caía se convertía en basura, si duraba más de 10 segundos en el suelo, porque ya la había “chupado el diablo”. Esto último tenía excepciones para los más temerarios.
Si algo tocaba el bote de basura, se convertía en ello, punto, y sacarlo de ahí se consideraba algo sucio. Esa era nuestra clasificación, pues no había concepto de orgánico, inorgánico, mucho menos de reciclable y no reciclable. El color de los botes de basura en el patio de la escuela era azul marino, porque así sobresalían entre los muros de ladrillo rojo de la escuela donde tuve a bien asistir. Se trataba por supuesto de tambos de metal sin tapa, que recogían con suerte todo lo que le arrojaban durante el día.
Con suerte, porque la mayor parte de la “basura” terminaba en el piso. La servilleta que envolvía el sándwich quedaba tirada justo donde su dueño había empezado a comer el lunch. Buena parte quedaba regada alrededor del bote, debido a la pésima puntería de los compañeros, que no habrían llegado muy lejos en la NBA.
Pero otros empaques tenían una suerte especial: los envases de “triangulito” de cartón de Boing, una bebida de frutas muy popular, tenían la particularidad de tronar como pequeños cohetes si los inflabas y les dabas el pisotón correcto. Su particular sonido retumbaba por toda la escuela, y daba una sensación de triunfo incomparable. Quien no supiera tronar un Boing no era de la escuela, sin duda.
Lo malo es que el envase se quedaba ahí, como mudo testigo de esta afirmación existencial. El resultado es que al final del recreo el patio del colegio terminaba convertido en un auténtico basurero: cada metro cuadrado de los grandes patios de hormigón (hace mucho habíamos perdido el derecho al pasto) alojaba todo tipo de materiales. Todas estas toneladas de desechos eran barridos pacientemente por el personal de intendencia, uniformado en overoles grises y armado con una increíblemente eficaz escoba de ramas, que limpiaba todo aquello en menos de una hora. Todo mundo sabía que eso no era un trabajo para escobas normales, se las hubieran acabado en una semana.
¿Alguien no enseñó acaso alguna vez que la basura tenía que ir en su lugar? Francamente no lo recuerdo, fuera de algunas campañas con dibujitos que alguna maestra ponía en cartulinas en el tablero de avisos que nadie veía nunca. ¿Qué decir de nuestras familias? Pues no, tampoco. Claro que mi madre me hubiera agarrado a escobazos de haber dejado tirado un papel en la sala, como lo hacíamos siempre en el colegio. Pero no había una cultura de levantar nada fuera de casa… nada. En casa la basura se tiraba en las mismas bolsas de plástico que te daban en el supermercado para llevar tus alimentos.
¿Por parte del gobierno? Recuerdo una campaña muy famosa de tiempo del Echeverriato que repetía hasta el cansancio la cancioncilla de “Ponga la basura en su lugar”, lo cual resume el avance de nuestra cultura medioambiental en aquellos años.
Hizo falta un largo camino, muy largo, para que esto empezara a cambiar hacia las escuelas con sus recipientes de mil colores para clasificar los residuos. Para que empezáramos a hablar de residuos, para acabar pronto. Hay que reconocer que esta influencia partió de las escuelas, para luego ir hacia los niños y de ahí a los adultos que tronábamos Boings.
El gobierno tuvo algo que ver, pero creo que aún nos faltan. Es cierto, hoy a cualquier le horrorizaría pensar que se fumaba en los aviones, y que ni de broma tiraríamos un papel enfrente de nuestros hijos y nietos (so pena de ser juzgados de inmediato), pero nuestra conducta en las calles sigue siendo deprimente. No ha habido campaña que nos termine de educar… pero hemos avanzado, y tal vez este cambio esté acelerándose como sucede con otros aspectos en la historia humana.
Que así sea, yo ya no tengo el impulso de tronar los envases de Boing.
