El consenso en México es que la palabra “pepenador” se queda. Hubo en el pasado ciertas dudas entre las buenas conciencias sobre si esta palabra resultaba ofensiva o discriminadora, pero sus raíces etimológicas son impecables. Pepenar viene directamente del náhuatl y significa recoger o escoger. Eso es lo que hacen diariamente los pepenadores en México y, aunque se llamen de otra forma, varios millones de personas en todo el mundo.
Cartoneros o cirujas en Argentina, catadores (qué elegante) en Brasil, zorreros en Colombia, minadores en Ecuador, buzos en Cuba, todos cumplen un papel importante. La economía circular no podría entenderse aún hoy sin el trabajo silencioso y cotidiano de miles de pepenadores. Aunque su labor se mantiene en la marginalidad o informalidad, hoy resulta evidente que son uno de los pilares más importantes del reciclaje y la recuperación de residuos. Gracias a ellos, toneladas de materiales que terminarían en rellenos sanitarios o tiraderos clandestinos vuelven a incorporarse a las cadenas productivas.
La figura del pepenador ha existido en México desde hace generaciones. En mercados, calles, centros de transferencia y basureros, estas personas separan cartón, PET, aluminio, vidrio, papel, metales y plásticos para venderlos a centros de acopio. En la práctica, realizan una labor ambiental que todavía no logramos institucionalizar completamente. Mientras en otros países buena parte de la separación depende de sistemas automatizados, en México el reciclaje continúa descansando en una enorme red humana.
Se estima que entre 500,000 y 2.5 millones de personas se dedican a la pepena en México, directa o indirectamente. La cifra es tan vaga porque gran parte de esta actividad ocurre en la informalidad. Tan solo en la Ciudad de México se calcula que trabajan entre 20 mil y 30 mil pepenadores, muchos de ellos vinculados a estaciones de transferencia, tiraderos históricos o esquemas comunitarios de recolección. Si hoy son menos personas es porque todos los rellenos sanitarios y buena parte de las plantas recicladoras operan en el Estado de México.
Su trabajo cotidiano suele comenzar desde muy temprano. Muchos acompañan las rutas de recolección urbana; otros esperan la llegada de camiones en plantas de separación o revisan directamente bolsas de basura en busca de materiales valorizables. Algunos recorren calles con carritos improvisados recolectando cartón y PET. Después clasifican los residuos por tipo, color y calidad para venderlos a intermediarios o recicladores especializados.
Visibilizar al pepenador
El ingreso promedio de un pepenador varía enormemente según la zona y el tipo de material recuperado. En términos generales, puede oscilar entre 200 y 500 pesos diarios, aunque en jornadas favorables algunos logran ingresos mayores. Sin embargo, estos recursos suelen ser inestables y dependen de factores como el precio internacional de materiales reciclables, la demanda industrial y las temporadas de consumo. Además, la mayoría carece de seguridad social, prestaciones o condiciones adecuadas de trabajo.
A pesar de ello, su impacto económico y ambiental es enorme. El PET reciclado en México, por ejemplo, ha permitido que el país sea uno de los líderes mundiales en recuperación de este material. Buena parte de esa recuperación ocurre gracias al trabajo manual de separación realizado por pepenadores. Lo mismo sucede con cartón, aluminio y otros plásticos.
La economía circular busca precisamente evitar que los materiales se conviertan en basura y mantenerlos en uso el mayor tiempo posible. En ese proceso, los pepenadores representan el primer eslabón de una cadena que después involucra centros de acopio, recicladores, transformadores y fabricantes. Sin ellos, muchos residuos no llegarían nunca a reciclarse.
Los pepenadores generan un beneficio ambiental indirecto muy importante: reducen la presión sobre los rellenos sanitarios. En ciudades como la Ciudad de México, donde diariamente se producen más de 12 mil toneladas de residuos, cualquier porcentaje recuperado (se estima que hasta 30%) representa una diferencia enorme en costos, espacio y emisiones contaminantes.
Sin embargo, todavía enfrentan enormes desafíos. Trabajan en condiciones de riesgo sanitario, sin equipo de protección y expuestos a accidentes o enfermedades. También existe estigmatización social hacia una actividad que, paradójicamente, sostiene buena parte del reciclaje urbano.
Por ello, se ha insistido en la necesidad de integrar formalmente a los pepenadores en las políticas públicas de gestión de residuos. No sólo se trata de reconocer su labor y brindarles el “lujo” de la seguridad social y servicios de salud. Hay que decirlo, también se trata de que la formalización de la economía circular de acuerdo con la ley requiere que su participación sea transparente, en cuanta medición y trazabilidad.
Hoy la Ley General de Economía Circular de México es incumplible, porque exige documentar el origen y manejo de los residuos. Sin la regularización de ese eslabón de la cadena es imposible lograrlo. Hacerlo entonces sería un ganar-ganar-ganar.
En países de América Latina comienzan a surgir modelos exitosos de cooperativas, programas municipales y esquemas de inclusión social para trabajadores del reciclaje. México tiene la oportunidad de avanzar en esa dirección. Profesionalizar, capacitar y proteger a los pepenadores no solo mejoraría su calidad de vida, sino que aumentaría la eficiencia del reciclaje nacional.
Al final, detrás de cada botella recuperada, cada kilo de cartón reciclado o cada pieza de unicel separada, existe el trabajo de miles de personas que contribuyen diariamente a reducir residuos y aprovechar materiales. La economía circular mexicana no se construye únicamente en laboratorios o grandes empresas: se logra en las calles, los centros de acopio y las plantas de separación, donde los pepenadores realizan una labor indispensable para el futuro ambiental del país.
